CINE y MISTER GUIÓN.

Billy Wylder, afirmó: “Al hacer una película sólo hay que tener en cuenta tres cosas: 1º el guión, 2º el guión y 3º el guión”. No discutiremos con este genio porque de cine sabía infinito, y estamos convencidos de su afirmación. Haremos algunos aportes reflexivos sobre el tema, sin agotarlo, explorándolo más y acercándolo a vosotros, sin inventar la pólvora al respecto de tanto escrito y dicho sobre ello. Hablamos de esto porque nos preocupa la pobreza de muchas películas actuales y porque nunca dejamos de ver el cine de ayer. ¿Qué hace que sea inmortal, convirtiéndose en clásico? Algunos dirán que por sus intérpretes y-o recursos técnico-estéticos. Argumentos muy válidos, convincentes y certeros, con los que comulgamos. Pero “escarbando” descubrimos que el quid aún de esos aciertos es que estaban enmarcados en “lo que” y en “cómo” esas historias contaban. ¿Qué sería de Katherine Hepburn, Cary Grant, Marlon Brando, Paul Newman, Deborah Kerr, Diane Keaton, etcs. sin esos diálogos, historias, contenidos, estructuras, organización y trasfondos de sus personajes y films? Talento sobrado había y  hay en esas estrellas, pero en cine se trata de visualizarlo narrando y compactando todo como un todo, desde el principio. Como una partitura. Hablamos de una narrativa visual. No bastan la calidad de los intérpretes ni de lo técnico- estético. ¿Qué y cómo le entrega eso el cine al espectador? ¿Qué y cómo le cuenta una historia? Este es el desafío, más complejo y abarcador que la narración literaria. La cámara es algo más que una herramienta: no sólo registra, graba, sino que encuadra lo que ha sido pensado, planeado, escrito y modificado en su evolución “mayéutica” hasta ser parido. Rodando es hija de ese “rumiar” previo. Recoge, y luego el encuadre traduce, ese hacer y hablar concebido antes del “acción” y “corte”. Una compleja y completa cadena de escritura (universo) es abrazada. Ella puede “componer” las escenas que recoge pero, sobre todo, puede dar a ello una significación determinada. Por eso los planos, ángulos y movimientos no son indiferentes: tienen una carga semántica. De ahí la importancia esencial del guión.  Muchos films hoy nos dejan la sensación de haber sido embaucados, que nos tomaron el pelo. Adolecen de desviaciones, inconsecuencias, falsos implantes, irresoluciones, inverosimilitud, ininteligibilidad, falta de fundamento de la historia, estancamientos que fomentan la apatía, “robos”, mala o pobre construcción de los personajes, evidencias y repeticiones que nos permiten “verlas venir”, lagunas, explicaciones excesivas y explícitas, redundancias, serias falencias de ritmo, agujeros en la sucesión y progresión continua, ausencia de sorpresa y creatividad, ausencia o mal uso del clímax, sensiblería y sentimentalismo, puntos débiles en el desenlace, y un largo etc. Por eso no tienen “gancho” o suelen ser fenómeno del momento. Con el tiempo nadie se acordará de ellos. Y su víctima es y será siempre el espectador.

Recordemos que toda película empieza por ser una idea, propia, ajena, real o imaginaria. Es un arte de creación. Y ella se desenvuelve argumentalmente, contando algo, teniendo “sustancia” mediante sus contenidos (con palabras, acciones, personajes, tiempo y espacio, temas, estructura), enriqueciéndola con la técnica (planos, ángulos, encuadres, movimientos de la cámara, iluminación, efectos, sonido y montaje) y con lo artístico (decorados, maquillaje, atrezzo, vestuario, peluquería, música). Todo este proceso es el que recoge y asume el guión. Por eso debe ser bien, sólida, inteligente, estética, convincente e integradamente hecho. El film, como una entidad acabada, es mucho más que información; es también lo que hay debajo de él. Así forma parte nuestra tan íntimamente, casi sin darnos cuenta. Por “lo que” y “cómo” nos narra el guión, la pantalla nos transmite una concepción del mundo, el Hombre, la naturaleza, la sociedad, la ciencia, el arte y la historia, con un humanismo más vivo que el que encontraríamos en libros u otros medios. La narrativa visual abona la conformación de nuestra mente y sensibilidad, no siendo suficiente, pero sin la cual no bastaría todo lo demás. Así, el cine puede ofrecer, al Hombre en tensión de nuestro tiempo, riquezas infinitas, ayudándolo a salir del mundo circundante por unas horas, o a refugiarse en otra realidad-fantasía para aliviar la aridez y cansancio de la existencia. El Hombre es y vive de otra forma a través del cine: lo hace a través de sus historias, personajes y estrellas. Porque, en el fondo, no puede dejar de soñar. El cine es fruto del Hombre pero para el Hombre. A golpes de intuición y trabajo, quien crea un guión se saca de su cabeza y corazón una verdadera obra de arte, con personalidad de tal. El cine como “escribidor” permite al guionista escribir no sólo con la cabeza sino fuera de ella, yendo al inconsciente propio y del mundo y los demás, produciendo una epifanía. Se trata de que un guión, por más que es algo concreto y acabado, paradógicamente también es arte de la invisibilidad, porque en sus historias, personajes y construcción técnico-artística sugiere siempre, y en ese sugerir, desvela. Un guión siempre sugiere-desvela algo más, aún estando ahí. Permite el acceso, por ejemplo, al infinito de las emociones. Algo que va más allá de la razón y de lo planificado, de lo cuántico y constatable. La visibilidad de la escritura cinematográfica nos remite, así, a “lo invisible”, y por eso podemos “leer” más allá de lo inmediato. Intuimos y comprendemos más de lo que se nos muestra. Por eso en un guión no es imprescindible ponerlo todo, decirlo todo: “Menos es más”, “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Comprimir lo esencial en un guión, para hacerlo potable, y nunca olvidar la profundidad interior que en él debe haber para darle solidez y textura. Valiendo esto para todos los géneros cinematográficos. Él debe construirse con “puntos argumentales” que vayan calzando, como puntadas de entretejido, en un todo gramatical y semántico. Así, escribir un guión es fascinante pero un desafío personal y profesional. En él, el guionista se oculta-desvela, pero el que siempre queda expuesto, desnudo, es el Hombre en su condición de tal, porque en todo guión siempre pasa por algo y, en nuestra catarsis, los espectadores también. El cine es siempre “peligroso” por esto, ya que –como intruso, voyeurista- entra en nuestra intimidad, en el fuero de nuestro yo personal y colectivo. El cine siempre “ve” más allá de los rostros. El juego bipolar de visibilidad-invisibilidad, de “aquí” concreto y “lo invisible” más allá, que encierra-desvela el cine ya desde el guión, provoca que la cámara deba ser tratada, cuidada y amada “como una persona”. Esta concepción cuasi mística es de guionistas, directores, intérpretes, toda la gente del cine, que son “ojo que todo lo ve”, un juego de dioses, y así escriben, crean y graban. Por eso decimos que el cine es un arte compartido: ningún arte alumbra sus creaciones conjuntando tantas personas como lo hace el cine, tantos equipos y especialistas. Todos conjurados, como mecanismo de relojería, como damero con sus fichas, para parir una obra de arte. Basta que miremos los créditos finales de los films para valorar esto, apoyarlo, agradecerlo y amarlo. Y allí descubrimos el realce, precediendo al director, que se le da al guionista. Él es el creador del embrión del film. Sin ello nada podría hacerse. El guionista es el primero que da entidad, identidad y ubicuidad a los personajes, palabras, acciones, motivaciones, conflictos, evoluciones, tiempo-espacio, lenguajes y recursos, y a todo el universo genético de una historia que contemplamos en la pantalla. Él es el primer instrumento de la mirada o lengua plural que es el cine. Él es quien, inicialmente, construye la historia y la cuenta para ser llevada al público, buscando que éste reaccione emocionalmente a su escritura, porque es este último –el destinatario/espectador- el más importante y el cierre o llave de todo guión. Él es el verdadero “The end”.

Vemos que hacer-escribir un guión es escribir un film. El guión es el film pensado, engendrado y visto de antemano. Y eso requiere don y tarea. Y no es equiparable a escribir otro tipo de discurso. Por eso, para que un guión sea potente y sólido debe contar con un buen guionista. Éste lo será siempre que equilibre palabras-diálogos, acciones, personajes, estructura, lenguaje técnico-artístico, y facilite así la última y definitiva escritura del guión: el montaje o edición. Allí se le dan los últimos retoques, y se configura la obra como de todo un equipo del cual, desde luego, el director tiene mucho que ver. Ciertamente, un guión no es una pieza literaria (en el sentido estricto de la palabra) pero estará bien escrito, será mejor, cuanto más facilite el rodaje y permita un film coherente y compactado. Sino tendremos mucho de lo que hoy vemos y lamentamos dolidos y preocupados.

Como siempre, no pretendemos aprehenderlo todo, menos en un tema como el guión. Acabamos, respetándolo amorosamente, pidiendo que las imágenes del mundo del entretenimiento (= Sistema), no nos roben nunca las de nuestra imaginación. ¡Loados guionistas!

Hasta la próxima, amigos.

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